Explicar. En apariencia, es un simple acto lingüístico: desenredar una madeja compleja para que el otro pueda ver el patrón pero en la danza de la existencia humana, explicar es mucho más que definir; es la esperanza de un encuentro, el intento constante de tejer un puente sobre el abismo de la conciencia individual. Cada uno de nosotros habita en un universo privado, un cosmos lleno de matices, sensaciones y referencias que son difícilmente transferibles. Por eso, cuando nos esforzamos en explicar un sentimiento, una idea abstracta o la lógica secreta tras una decisión, lo que en verdad entregamos al otro es una parte de nuestro cosmos, el universo que habita en mí, ahora participa de tu ser. Estamos apostando a que nuestras palabras, imperfectas y limitadas puedan crear y participar en el mundo interior del otro. Este esfuerzo es inherentemente vulnerable, pues al desgranar nuestro pensamiento, nos exponemos a ser malentendidos, a que nuestra lógica sea rechazada o a descubrir que aquello que creíamos cristalino es en realidad una amalgama de sinsentidos. Sin embargo, no explicar es resignarse a la soledad del entendimiento. El compromiso con la explicación es, por tanto, una de las grandes tareas del amor y la convivencia; es el reconocimiento humilde de que la verdad es compartida o no es nada en absoluto. Es el bello y a veces agotador proceso de mover parte de nuestro universo hacia el otro y del otro hacia el nuestro, con la intención, de que, por un instante, ambos mundos se superpongan y podamos decir: Sí, te comprendo, y en ese instante fugaz, el esfuerzo queda justificado, y la distancia entre el ser y la nada se acorta.